Espacio de socialización

Lavadero en Arriano, fotografía de Gerardo López de Guereñu, ES.01059.ATHA.IHO.DI.04665

El lavado de la ropa fue una actividad tradicionalmente ejercida por mujeres. Por ello, y a pesar de que, puntualmente, podemos encontrar a lo largo de la Edad Media a hombres desempeñando esta labor, especialmente en conventos y lugares profundamente masculinizados, fue una tarea eminentemente femenina. Con la agudización de los roles de género y el incremento de la presión patriarcal sobre las mujeres en el siglo XIX, el lavado de la ropa se convirtió en algo exclusivamente femenino. Por ello, tenemos que pensar los lavaderos como un lugar atravesado por los roles y demandas de género de los siglos XIX y XX y no como un edificio neutral carente de significado.
En su interior se desarrollaban dinámicas exclusivamente orquestadas por mujeres, que reproducían, a su vez, las jerarquías sociales existentes en las localidades. De este modo, y aunque en las entrevistas antropológicas y etnográficas realizadas a las lavanderas emerge siempre la idea de sororidad, también eran espacios donde se aprendía de forma natural una forma de estar y ser en el mundo, y el lugar que se ocupaba dentro de la comunidad. Además, era el lugar preferente en el que obtener información sobre determinados asuntos que tenían que ver con las experiencias y la vida de las mujeres, como las relaciones de pareja, la sexualidad, los partos, la maternidad, la viudedad

Lavadero en Artxua, fotografía de Gerardo López de Guereñu, ES.01059.ATHA.IHO.DI.04654

Existe un gran desequilibrio en los testimonios de hombres y de mujeres en torno al lavadero. Ellas suelen considerarlo un espacio de trabajo y destacan la dureza de la tarea, recordando los dolores físicos y la carga psicológica que en muchas ocasiones se derivaba de ello. Sin embargo, en segundo término, revelan el compañerismo y la ayuda mutua entre las mujeres en caso de necesidad, evidenciando el entorno del lavadero como un espacio de socialización femenino de primer orden, a veces el único lugar en el que podían compartir intereses y vivencias fuera del ámbito del hogar. Por el contrario, los hombres lo recuerdan como un foco de conflicto perpetuo, donde las mujeres discutían y encarnaban el falso estereotipo de género de la insolidaridad femenina. Conviene señalar en este caso que las mujeres responden desde la experiencia directa y los hombres desde el imaginario social construido a base de prejuicios misóginos.
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