Ermita de San Juan de Amamio (Araia)

Introducción

San Juan de Amamio es una preciosa ermita románica del siglo XII que domina el paisaje desde lo alto. Al aproximarnos a la ermita a través del camino que la conecta con la vecina localidad de Araia, nos encontramos con una ubicación un tanto incómoda, en mitad de una empinada ladera, hecho que causará ciertos problemas de mantenimiento al edificio a lo largo de su historia. Esta pequeña ermita se suele establecer como uno de los ejemplos más elocuentes de lo que sería una iglesia de aldea en los siglos del románico en Álava, puesto que, al haber sido abandonada a los pocos siglos de su creación, no hubo grandes reformas ni remodelaciones que variasen demasiado su aspecto.

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El despoblado de Amamio

La desaparecida población de Amamio aparece en el documento de la Reja de San Millán tributando una reja bajo el nombre de Hamamio. Sus habitantes abandonaron la aldea y se trasladaron a los pueblos del valle en torno al siglo XIV. Posiblemente uno de los motivos del despoblamiento de la aldea fuera precisamente su localización, ventajosa en tiempos de incertidumbre, pero poco práctica en momentos de bonanza, ya que el desnivel dificulta el cultivo. En el siglo XVI no quedaría ya prácticamente nada del pueblo, pues en la visita del Licenciado Gil se cita el templo como ermita. Sin embargo, en labores de acondicionamiento recientes, al lado del muro norte, aparecieron algunos vestigios del antiguo cementerio medieval asociado a esta aldea. Desde que fue relegada de iglesia parroquial a ermita, los concejos de Araia y Albéniz se hicieron cargo de su custodia y mantenimiento, juntándose ambos en este enclave en la festividad de San Juan.

Fotografías antiguas

Las fotografías antiguas realizadas a mediados del siglo pasado nos muestran la estampa de una ermita en un estado de conservación crítico. La estructura general estaba en pie, pero presentaba importantes desperfectos motivados por su casi total abandono. La ventana oriental, una de las joyas de la iglesia, estaba parcialmente tapiada y se podía apreciar cómo, tras alguna intervención, había sido remontada de manera algo torpe. Por suerte, el edificio aguantó hasta que se emprendieron las restauraciones modernas y, a día de hoy, el templo puede contemplarse en todo su esplendor.

La ermita

Exterior

La ermita consta de una única nave de reducidas dimensiones que no ha tenido demasiadas intervenciones a lo largo del tiempo, salvo las labores de conservación pertinentes. Una de las piezas que más destacan del exterior es su bella ventana absidial. En uno de sus capiteles, labrados con gran maestría, vemos un águila de frente con las alas extendidas hacia abajo, sujetándose al collarino con sus garras. En el otro, hay dos cuerpos de león con la cola entre las patas traseras que comparten la cabeza en esquina. Ambos apoyan sus patas delanteras en una especie de esfera en mitad del capitel. La cornisa se decora con roleos vegetales y sobre la sencilla ventana se dispone un arco con ajedrezado.

Además del ventanal, todavía se conservan otros restos románicos de gran interés, como la línea de canecillos que rodea el edificio y los bien labrados sillares que conforman sus muros. Los canecillos muestran en su mayoría motivos decorativos, aunque algunos están muy deteriorados. Podemos contemplar elementos vegetales, como frutos redondos sostenidos por una hoja, alguna testa de animal e incluso rostros monstruosos, destacando el que tiene grandes ojos almendrados.

También han aguantado el paso del tiempo algunos tramos de cornisa con decoración a base de ajedrezado que, a buen seguro, recorrería el perímetro completo del templo original. Algunas piezas de cornisa pueden encontrarse incluso en el suelo, reaprovechadas a modo de escalón, como la que se ubica frente a la actual portada.

A pesar de la aparente unidad estilística del conjunto, sabemos que la ermita tuvo que ser rehecha en algún momento indefinido y sus piezas reubicadas de nuevo. Esta intervención pudo deberse al derrumbe parcial de la estructura a causa de la presión que el sedimento de la montaña ejerció sobre el muro norte, tras años de acumulación sin que nadie lo retirara. La iglesia tuvo que sufrir severos movimientos que condujeron a un colapso parcial. Probablemente ese fue el momento en el que se perdieron las bóvedas originales de cañón apuntado y la portada, ubicada al sur. Tras la reconstrucción, se rehízo el acceso con los restos de algunas de las arquivoltas que debió tener la portada románica primitiva, ofreciendo una solución mucho más sencilla y funcional.

El interior

En el interior del reducido espacio llama la atención la pequeña cabecera recta, en la que todavía se mantienen las cornisas con ajedrezado que marcan el punto de arranque de la antigua bóveda desaparecida. En su lugar, vemos una cubrición reciente algo torcida que da muestra de las presiones que sufre la ermita debido al empuje de la tierra de la montaña. El resto del templo se cierra con unas cubiertas de madera de reciente creación.

Los restos de la antigua portada

La ermita ha llegado hasta nuestros días desvestida de retablos y mobiliario litúrgico pero, a la altura del presbiterio, perviven los restos de dos columnas rematadas en dos hermosos capiteles coronados por una cornisa con roleos vegetales. Sobre ellos, se aprecia el arranque de unas dovelas con las mismas estrías que tiene el arco rehecho de la puerta actual del templo, por lo que podemos deducir, gracias a esta coincidencia y a la altura de las columnas, que se trata de restos de la portada original.

Este vestigio había sido identificado hasta el momento como parte de un arco triunfal que servía de acceso al presbiterio, si bien todo apunta a que se trata del lado izquierdo de la antigua portada, rescatada de entre los escombros y conservada por los vecinos de antaño en el interior de la propia ermita.

De los dos capiteles conservados de la antigua portada, uno de ellos muestra decoración vegetal, mientras que en el otro se representa una de las escenas más curiosas y expresivas de todo el románico alavés: un pecador con túnica que se agarra las vestiduras mientras un par de demonios con garras y rostros animalescos se lo llevan a rastras sosteniéndolo de los brazos y tirándole del pelo. Todo un ejemplo de la maestría que alcanzaron los escultores del taller que trabajó en San Juan de Amamio y toda una advertencia sobre las consecuencias de una vida pecaminosa.

LOCALIZACIÓN

Créditos fotográficos:

De las fotografías actuales: © Alava Medieval / Erdi Aroko Araba.

De las fotografías antiguas: Archivo del Territorio Histórico de Álava.

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